De principio cabe decir que la noche electoral dos nombres debieron estar presentes en las conversaciones de todos los colectivos políticos; Iván y Tezanos. El primero ha pinchado en hueso con su operación Barbarroja. Ni la exhumación de Franco ha disparado voto alguno a favor de su señorito ― si acaso un tiro en su pie ― ni el miedo a lo que se llama ultraderecha ha funcionado. El fracaso no lo encubre ni la aparición exultante de la primera dama, ni el insistir en el sonsonete de haber ganado los socialistas las elecciones por tercera vez. Aunque ello sea cierto, es tan pírrica la victoria que van a precisar de todo cuanto aliado se le ofrezca para llegar a aprobar unos presupuestos que sustituyan a los del socialdemócrata Montoro. La auto suficiencia de Sánchez y los suyos ha sido de tal categoría que han perdido 750.000 votos, tres escaños y la mayoría en el Senado, o sea, menos votos, menos escaños y crecimiento de los adversarios. Ante la posibilidad de tal resultado, Iván pone en marcha la operación Ardenas. A Sánchez hay que asegurarle el descanso nocturno. De la victoria esquilmada hay que pasar a la ocupación y para ello era necesario tener la estrategia dispuesta de antemano.
La otra figura, Tezanos, ya es otro cantar. Este con tal de acariciar el lomo de su pagador, es capaz de proclamar que 3.500.000 de españoles son nazis o franquistas o fachas o fascistas. Sin problema. Si anuncia que él no es adivino, ante el fracaso de su cocinada encuesta, sí se permite ser el super sociólogo capaz de discernir que los españoles, por millones, son fascistas o adoradores del nacional socialismo. Mencionar al cobarde von Papen y las camisas pardas, no solamente es una falta de saber histórico, sino un insulto a todos los votantes de Vox, muchos de ellos, hartos de la debilidad política de un gobierno que emana nepotismo por todos sus poros. Y si lamentable y descalificador es el comentario emitido por este personaje, más lo es si repasamos los candidatos que tomarán asiento en sus escaños, de los cuales el señor Tezanos tiene un desconocimiento tan absoluto como provocado. Si se hubiese preocupado o interesado por ese grupo de españoles, se habría apercibido que, lo que tienen en común no es el franquismo, sino un hartazgo más que considerable del relato progresista, del guerra civilismo, de ideología feminista radical, de una ley tapadera incapaz de acabar con la violencia doméstica, de la impostada autoridad moral de la izquierda, del enaltecimiento del republicanismo del 31, y, por encima de todo ello, de la pasividad, cuando no obstrucción enmascarada, de la aplicación de la ley en el asunto Cataluña. De eso están más que hartos 3,5 millones de españoles, como mínimo.
Pero nada de ello es preocupante. Si Sánchez consigue un preacuerdo con Iglesias, las lanzas se convertirán en cañas. Y de pronto, Negrín ― envidioso de Franco ― se levanta de su reposo y se abraza al oso comunista, sin reparo alguno. Dos ambiciones dispuestas a todo cuanto sea necesario para ver cumplidos sus anhelos personales. Y de paso, el políticólogo y el vidente, tranquilos, serenos, despreocupados de lo que ha significado el socialismo en estos últimos cincuenta años. De ese abrazo surge una España no demasiado diferente a un pasado nefasto, pero con ciudadanos distintos. A los dos personajes, no les importan sus pasadas descalificaciones, con tal de no tener que cambiar de colchón. Y, osadamente, leído el documento, puede afirmarse que el decálogo firmado, ya venía impreso de antes. Es demasiado completo en su redacción para que haya surgido en veinticuatro horas. Una vez más, Sánchez nos ha mentido, con la ayuda inapreciable de su gurú.
A partir de tal escena, la deriva a la cual nos lleva ese abrazo no es sino anunciar que España va a depender de la ultraizquierda ― defensora por cierto de un fraude electoral denunciado y reconocido por la OEA en Bolivia ― junto con los votos de Más País, PRC, BNG, Teruel Existe. Es decir, un gobierno que se auto titulará progresista, cuando en realidad es un simple y anacrónico gobierno de coalición comunista. Al cual tendrá que añadirse la costosísima abstención de los soberanistas, fundamental para que Sánchez sobreviva a su tremendo fracaso electoral. Y si tiene que reconocer que existen la nación vasca y la nación catalana, no habrá problema. Para Sánchez la mentira no existe y España es una nación de naciones.