Sin salud no hay libertad

Recientemente he leído el libro de Timothy Snyder titulado “Nuestra enfermedad”, libro que empezó a escribir como diario de su estancia mientras estaba gravemente enfermo en el hospital, justo poco antes del inicio de la pandemia de covid 19 y que, en su forma final, se ha convertido en un alegato a favor de la consideración de la salud como un derecho humano fundamental y, por tanto, de la obligación de los gobiernos de garantizar a toda su población una correcta asistencia sanitaria, así como de programas adecuados de protección de la salud.

No hay que olvidar que Snyder es estadounidense y que, como él mismo denuncia, en Estados Unidos la salud no está reconocida como un derecho humano fundamental. De hecho, todos sabemos cómo le fue imposible a Hillary Clinton conseguir implantar un sistema de salud universal durante el mandato presidencial de su marido, y las tremendas dificultades que tuvo Obama para implementar el 'Obamacare, que, si bien representa un avance muy importante en la provisión de asistencia sanitaria para una gran parte de la población estadounidense, que simplemente no tenía ningún acceso a la sanidad, dista muy mucho de los sistemas europeos de sanidad pública universal.

Snyder reflexiona sobre el hecho de que sin salud no hay libertad, puesto que, si bien la libertad es un atributo individual, para ser libres necesitamos estar sanos y para estar sanos necesitamos un sistema de protección de la salud y de asistencia sanitaria que nos cuide a todos; de ahí que reclame la asistencia sanitaria como un derecho humano en un país como Estados Unidos, en el que un candidato republicano a la presidencia manifestó no hace muchos años que si bien la vida era un derecho humano fundamental, la salud no lo era, opinión que es compartida por muchos políticos ultraconservadores estadounidenses.

La situación, por fortuna, es muy diferente en Europa, donde la salud sí se considera un derecho humano y la asistencia sanitaria universal es uno de los pilares básicos del estado de bienestar. Pero la pandemia ha puesto de manifiesto el deterioro de nuestros sistemas nacionales de salud, y, en concreto, del nuestro, después de años de recortes y desinversión, que se iniciaron antes de la crisis del 2008, pero que se exacerbaron a partir de entonces y que nunca se han recuperado.

Los hospitales y los centros de salud, con una palmaria infradotación de personal y de equipamiento, se han saturado y no han colapsado solo por la dedicación y el sacrificio de los profesionales, pero a un coste muy elevado para su salud, sobre todo mental, y también para la salud de la población, puesto que no ha habido más remedio que demorar o cancelar muchos procedimientos quirúrgicos y diagnósticos, así como ralentizar o posponer programas de detección y seguimiento de enfermedades, lo que ha tenido, y tiene, una incidencia muy negativa sobre la salud individual y colectiva.

Es imperativo que nuestros políticos reviertan la insuficiente dotación de nuestro sistema de salud. Se han de mejorar los equipamientos, pero, sobre todo, es necesario un incremento importante de las plantillas de profesionales. Nuestras ratios de profesionales por mil habitantes son muy bajas, tanto de médicos como de enfermeras, pero el déficit es especialmente dramático en el caso de la enfermería.

La reflexión de Snyder es pertinente y admonitora: la enfermedad y el miedo nos hacen menos libres. La libertad no es posible si estamos demasiado enfermos para pensar en la felicidad y demasiado débiles para perseguirla; de ahí que si un gobierno nos impide el acceso a la salud, también nos está quitando la libertad.

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