Ese preciso instante en el que la cajera te entrega mil papeles y cuatro mil monedas de dos céntimos y tú incapaz de coordinadar bolsas, comida, niños y monedero, comienzas a sudar porque el siguiente cliente ya está pasando sus productos a tu lado. Eso es estrés y no los encargos de tu jefe.
Reconózcalo, querido lector: a usted también le ha ocurrido.